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Mi primer viaje a Londres

18.04.2010 | por | Categorías: Vida

Mi primer viaje a Londres ha tenido la suerte de coincidir con un hijo puta de volcán islandés que no se le ha ocurrido otra cosa que llenar el cielo de media Europa de cenizas, cosa que le sienta mal a los motores de los aviones. Así que un viaje que en un primer momento iba a consistir en ir el miércoles y volver el jueves se convirtió en toda una aventura para conseguir salir de la Gran Bretaña. Aquí va la narración de esa pequeña gran aventura, narración que escribo durante la última etapa del viaje.

Primer tramo del viaje: lanzadera madrugadora de Valladolid a Madrid para coger un vuelo a Gatwick. Sin novedades que reseñar, salvo que cuando la tripulación de cabina del vuelo de EasyJet hablaba en inglés, empecé a darme cuenta de que no entendía gran cosa. "Debe ser porque son de algún pueblo perdido de Inglaterra", pensareis. No, no, luego comprobé una vez en suelo inglés que todos hablan así de cerrados, que cuando hablaba con ellos bien cerquita aún le entendía bastante, pero como hubiera algún ruido ambiente, no había manera. Los taxistas que intentaban darme conversación, entre el ruido del tráfico y del motor y que hablaban hacia delante fueron los más perjudicados.

Total, que ya estaba yo en suelo londinense. Ahora tenía que llegar a la oficina donde tenía las reuniones, cosa que fue cuestión de una hora y 65 libras de taxi. Tras el primer día de enriquecedoras reuniones para ponerme al día del proyecto en el que iba a trabajar, me fui directo al hotel, al que se podía ir andando sin problemas. El hotel era sencillo, pero la habitación era amplia y estaba limpia, cosa que es lo que más valoro. Y tras desayunar, vuelta a la oficina y me llega un mensaje de mi mujer contándome lo del volcán. "Bah, no será nada". Los cojones. Mi vuelo salía a las 5 de la tarde y a las 2 me llama la agencia de viajes de mi empresa porque se estaban cancelando todos los vuelos. La consecuencia inmediata de eso es que los hoteles empezaron a llenarse con la misma velocidad, con lo que cuando intentamos coger una noche más en el mismo hotel, ya fue imposible. El chico de la agencia, demostrando su capacidad de iniciativa, empezó a buscarme hotel y consiguió uno cerca de Gatwick que parecía no estar mal, mientras reservaba un vuelo al día siguiente a las 10 por lo que pudiera pasar. Bien, todo perfecto: vuelo y hotel asegurados para poder salir al día siguiente.

Mientras tanto, resulta que conocía de antes a varios españoles que trabajaban en la oficina a donde yo fui y uno de ellos tuvo la gran amabilidad de invitarme a cenar a su casa con su familia, para que no estuviera sólo. No sé qué escritor dijo que "no hay nada más solitario que una habitación de hotel cuando vas en viaje de negocios": creedme, tiene toda la razón del mundo. Sueles llegar tan cansado que no te apetece salir; o incluso puede que tengas que mirar cosas para el día siguiente, por lo que para viajes relámpago como se había concebido este, no sueles tener tiempo de hacer mucho turismo.

Bueno, el caso es que tras un trayecto andando+tren+taxi, llegamos a su casa, me presentó a su familia y cenamos tranquilamente. Tras un rato de agradable conversación, llamamos al taxi para ir al hotel. El hotel debía estar jodidamente escondido porque al taxista ni le sonaba; afortunadamente, había llevado mi GPS (tiene mapas de gran parte de Europa) y le pude poner las voces en inglés para ir guiándole. Al final, tras una horita y algo de viaje y 70 libras, llegábamos al hotel. Primera necesidad: internet. Tras el check-in, subí los trastos a la habitación y me bajé el portátil al vestíbulo, que había WiFi gratis: las noticias eran geniales. No iba a despegar ni un puñetero avión por lo menos hasta las 13:00 del día siguiente, lo que conseguía que mi vuelo de las 10 pasara a ser totalmente inviable. Para colmo, las perspectivas no eran nada halagüeñas: varios aeropuertos de Europa empezaban a cerrarse, los expertos diciendo que eso iba a durar por lo menos 48 horas,... Y, además, cuando pasan estas cosas, luego lleva varios días el recobrar el flujo de pasajeros normal, por lo que hasta que se llega a ese estado, son habituales los retrasos y el overbooking.

Entre mi mujer y yo, conectados a través de Messenger, estuvimos buscando posibles alternativas y la solución estaba clara: había que volver sin coger ningún avión, porque de lo contrario, me exponía a tener que pasar varios días en Gran Bretaña, peleando por conseguir hotel después de esa noche y, lo que es peor, sin saber cuándo podría volver. A ver, que no me importaría ir de turismo a este país, que era la primera vez que iba, pero cuando no lo eliges tú, no es tan divertido ni de lejos.

¿Cómo se vuelve de una isla sin coger un avión? Bueno, tienes los ferrys, pero hay una solución mejor: el Eurostar hasta París. Se trata de un tren rápido que cruza el Canal de la Mancha por el túnel que construyeron hace algunos años y que te deja en París en dos horas y cuarto o dos horas y media (dependiendo de las paradas intermedias que haga, ya que también para en Lille, EuroDisney, etc). Tras varios intentos (todo el mundo debía estar como loco intentando comprar billetes en ese momento, que era pasada la medianoche), conseguí mi billete. Y para volver de París a Valladolid, afortunadamente hay un tren hotel que sale de la ciudad francesa a las 8 de la tarde y llega a mi tierra de adopción a las 6 de la mañana. Otra vez fueron necesarios varios intentos para conseguir comprar el billete, supongo que por el mismo motivo que antes (también es cierto que la web de Renfe no suele dar muchas explicaciones cuando falla la compra).


Foto de Oxyman sacada de la Wikipedia

Tras tener los billetes comprados, más problemas. El billete de Eurostar se puede imprimir en la estación, pero el de Renfe hay que llevarlo en papel. :-O Menos mal que los del hotel me permitieron pasarles un pendrive con el PDF y me lo imprimieron ellos, que si no, después de gastarme la pasta, me quedo en tierra. Y ahora faltaba ver los trayectos desde el hotel a la estación del Eurostar en Londres y de ésta en París a la estación de donde partía el tren hotel. Gracias a San Google, el segundo paso fue fácil e incluso pude llevarme la dirección apuntada en papel para poder mostrársela al taxista francés en caso de que no entendiese mi estupendo acento ibérico.

Pero para ir del hotel al Eurostar, yo pensaba ir en taxi. Así que pregunté en recepción (ya era cosa de la 1 de la mañana) que si me podían pedir un taxi al día siguiente. "¿A dónde?" "A la estación del Eurostar...", dije yo tan pancho. Los ojos desorbitados del empleado del hotel invitaban a preguntarse que era eso tan raro que había dicho. La traducción aproximada de su respuesta es algo como "Te van a clavar 200 libras y hay como 80 millas de camino, más atascos e imprevistos". Pero, sin desanimarme, pregunté por la alternativa y parecía sencillo: coger la lanzadera del hotel hasta Gatwick (15 minutos) y el tren en Gatwick hasta King's Cross, donde se coge el Eurostar. Bueno, no es tan fácil como ir en taxi, pero no parece demasiado problemático.

No obstante, en la estación de Gatwick pregunté para asegurarme, tanto para comprar el billete como para ver el horario y el número de paradas. Finalmente, no era King's Cross, sino St Pancras, que está en frente y esa parada era la sexta desde donde yo estaba, tardando el recorrido cosa de una hora. Primer paso de la vuelta a casa solucionado, y una hora más tarde estaba en St Pancras, concretamente en la parte donde se cogen los trenes Eurostar.

Como os podéis imaginar, estaba todo petado de gente intentando salir de Inglaterra. De hecho, las taquillas estaban cerradas, porque estaba todo vendido. Me acerqué a las máquinas para imprimir los billetes, con un cierto temor a que no me aceptar mi número de reserva, pero resultó ser infundado. Ahí estaba yo con mi flamante billete impreso, listo para ir a París.

Para no aburriros mucho, baste decir que hubo algo de retraso en el tren anterior y eso hizo que nos apelotonásemos los pasajeros de dos trenes en la sala, pero no hubo problemas. Al final, el Eurostar llegó a Gar du Nord en París con 10 minutos de retraso, vomitando a sus pasajeros ansiosos de conseguir volver a sus casas. La estación llena de gente, una cola que lo flipas para coger taxi,... pero lo conseguí: el taxista me entendió con mi mezcla de francés e inglés y me llevó a mi destino: Gar d'Austerlitz. La pena era que faltaban como 5 horas para mi tren.

Pero eso me daba tiempo a solucionar dos problemas que tenía: comer y conseguir ropa, que no me quedaban más mudas limpias. Tras dejar la maleta en la consigna, un McDonalds enfrente de la estación remedió lo primero (así no había problema de que entendiese el menú o me gustase la comida), mientras que lo segundo requirió de recorrerme varias calles hasta encontrar una tienda de ropa variada. ¡Misión cumplida!

Ya más tranquilo, me dediqué a pasear por los alrededores de la estación hasta la hora de salida del tren hotel, aunque la espera se me hizo eterna. Por fin, a las ocho de la tarde arrancaba el tren en el que iba a pasar la noche hasta llegar a Valladolid. Llegó con una hora de retraso, pero llegó. Por fin estaba en casa. Casi beso el suelo como hace el Papa cuando llega a su destino, pero me contuve. Recogí mi coche del parking de la estación y fui con el piloto automático hasta casa y ¡qué alegrón que me llevé cuando metí la llave en la cerradura!

Como veis, toda una aventura.

 

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